29.1.07

Más Testimonios

BS'D
En la página Para qué sirve ser judío, además del documental en donde un grupo de personas cuentan por qué decidieron incorporar los volores de la Torá a su vida, ya hay 5 entrevistas completas para ver online.
Este es el testimonio de Analía.
Para ver el resto de los testimonio hacé click acá: Ver más Testimonios

10.1.07

Shavuot

9.1.07

Un saludo a un vecino

BS’D

Es una historia que comenzó hace muchos años
cuando vos y yo nos hubiésemos sentido extraños
porque yo miraba a esos “típicos” judíos
y sentía que eran “otros”, no eran los “míos”
Cuando los veía, tomaba distancia
un poco por temor, y un tanto de arrogancia
quizás llames a lo mío “prejuicio”
o lejano a todo lo que sea sacrificio
Lo que “ellos” hacían, lo veía “ilógico”
un mundo irreal que bordea en lo mágico
todo lo que a la “religión” se parecía
yo desechaba con un gesto de ironía
Pero, así son las cosas del destino,
me mudé de casa – y me tocó un vecino
justamente uno que era de ese “estilo”
que con “ropa judía” se desplaza tranquilo

Leer el artículo completo


De aquellos que dejan crecer las patillas,
en Kipur van de traje y en zapatillas
y que aunque esté lloviendo y relampagueando
al Shil el sábado se van caminando
No, “yo nada que ver”, me quedaba mudo
pero él, sí buscaba brindarme el saludo
aunque estuviera apurado y saliendo de prisa
siempre se detenía y compartía conmigo una sonrisa
Me estrechaba la mano con alegría
como si para él yo fuera de gran valía
noté que en mi mundo que creía “normal”
jamás había sentido algo similar
Pero no entendía cómo era capaz
este hombre de mantener esa paz.
Pregunté: - ¿acaso Ud. no tiene problemas?
¿no le pasan – como a todos – “situaciones extremas”?
¿Porqué cada vez que la mantiene abierta
emanan calma y armonía de su puerta?
¿dónde están los gritos y los lamentos,
las quejas, suspiros y descontentos?
“No sabría cómo lo puedo explicar,
pero te invito – vení a estudiar
quizás vos también puedas encontrar
lo que a mi con palabras me cuesta expresar
Y así “sin querer” comenzó mi “carrera”
y con “esa gente rara” rompí mi barrera
muy de a poco fui descubriendo
lo que tantos años me estuve perdiendo
Fue un esfuerzo, ¡porqué te voy a engañar!
numerosas etapas debí superar
vencer mi arrogancia, pedir ayuda
para poder de a poco superar mis dudas
A partir de la decisión y de la certeza
que lo lograría “si ponía mi cabeza”
superé lo del idioma con mucha paciencia
estudiar se tornó en placentera experiencia
Y realmente mi vecino no se equivocó
pues el modelo de él, se multiplicó
me encontré con gente maravillosa
que vivía su judaísmo de manera orgullosa
¡Querida Torá!, hoy con vos puedo bailar
gracias a que de mi ignorancia supe madurar
nunca habría pensado que me daría alegría
sentarme e incorporar de tu inmensa sabiduría
Sé que con palabras no podré expresar
lo que en mi existencia lograste cambiar
solo por el hecho de estar a tu lado
mi vida cobró un mayor significado
¡Y sí!... hay problemas, “situaciones extremas”
está la felicidad... y están las penas
pero con tu enseñanza que es tan positiva
me permite siempre tener otra perspectiva
La serenidad del querido vecino
que cambió el rumbo de mi destino
con el mero saludo y su gesto de amor
me obsequió “sin querer” de su paz interior

(Extraído de la publicación Ajdut que escribe el Rab Oppenheimer)

8.1.07

¿Para qué sirve ser judío? El Documental

BS'D
Estos últimos años se está dando una situación particular. En las familias judías se escucha hablar acerca de un primo, un tío, un hermano o un amigo que “se hizo religioso”. ¿Por qué hay judíos en esta generación que deciden vivir de acuerdo a las normas de la Torá? Este documental, fruto de un año de trabajo, se propone investigar acerca de este fenómeno e indaga sobre los motivos que llevan a una persona a estudiar Torá, los conflictos que surgen durante el proceso y cuáles son las cosas que se disfrutan tanto que hacen que una persona que vive en un mundo occidental y civilizado decida incorporar a su vida esta normas de hace más de 3.000 años.



Para ver el documental entero hacé click acá: ¿para que sirve ser judío?

27.12.06

¿Creemos en el “mal de ojo”?

BS'D
Reproducimos un artículo de la página de www.jabad.org.ar escrito por Aaron Moss

Pregunta:
Recibí una cinta roja de regalo de una amiga- ella la llamó “pulsera de Kabala” y dice que trae éxito y protección y además resguarda contra el Mal de Ojo. ¿Esto es verdad?

Respuesta:
No hay ninguna duda que las cuerdas rojas han traído un éxito asombroso… a las personas que los venden a 29 dólares cada una. La pregunta es acerca de lo que las cintas hacen por todos los demás.

Aunque no lo encontré escrito en ninguna fuente Cabalística, el cordón rojo es una antigua tradición. Se toma un carretel de hilo y se rodea siete veces la tumba de Rajel- nuestra Matriarca- en Bet Lejem, Israel, y entonces se corta en pequeñas cintas. Se dice de esto que da protección del “Mal de Ojo” a quien lo lleva en su muñeca.

Leer el artículo completo


“Mal de Ojo” es el nombre dado a la energía negativa dañina que crean las personas que miran con envidia u hostilidad a otro individuo. Se supone que el cordón rojo desvía esta energía.

Ésta es una creencia ampliamente aceptada y cualquiera sea su fuente, parece bastante indemne. Pero el Talmud dice que el Mal de Ojo puede afectar sólo a quien se preocupa por él, considerando que lo deja tranquilo si la persona lo ignora. Así que esta forma es aun más eficaz (y más barata) de evitar el Mal de Ojo: es decir, olvidarse de que existe.

Si usted está preocupado de que algún poder siniestro tiene planes acerca de usted, hay otras soluciones.

La protección más poderosa contra las fuerzas del mal, es la fuerza de la bondad. Si el cordón rojo ayuda o no, no sé, pero definitivamente no es un reemplazo para la Plegaria sincera, la caridad generosa y la conducta moral.

Es ciertamente más fácil y menos exigente comprar un simple un pedazo de cordón. Pero el mundo no mejora como resultado de ello. Hay todavía energía negativa, sólo que no lo ha afectado a uno. Pero cuando aumentamos la energía positiva haciendo actos más generosos y sagrados, en lugar de desviar esas fuerzas, las estamos combatiendo y disminuyendo su poder.

Para alguien que vive una vida ética, el cordón rojo es nada más que un accesorio.

Por Aaron Moss

26.12.06

Psicología Vs. Torá

BS'D

Por el Lic. Hernán Moshé Wahnish *

1- Introducción

Si deseamos ensayar un análisis que de cuenta de los posibles puntos de compatibilidad o disonancia entre psicología y Torá, sería necesario saber que estamos frente a dos campos cuya relación está teñida por un mar de mitos y prejuicios. Un mar conformado por psicólogos y la comunidad observante. Ambos son portadores de una amplia gama de prejuicios originados por ideas y representaciones distorsionadas, y como es sabido, la ignorancia generalmente suele venir acompañada de una cuota de soberbia. De este modo, tanto unos como otros al relacionarse con actitudes prejuiciosas y descalificantes contribuyen a producir y reproducir un círculo vicioso que dificulta la interacción.

Por esta razón el objetivo de estas líneas es presentar los supuestos “conflictos” que más frecuentemente he escuchado de ambas partes y tratar de demostrar que tales “contradicciones” son sólo producto de la ignorancia y los prejuicios.

2- Prejuicios de los psicólogos hacia los observantes de la Torá

“Viven de acuerdo a dogmas incuestionables”

“Son muy cerrados, ya que están subyugados a un conjunto de mitologías e historias fantásticas”

“No pueden pensar por sí mismos, carecen capacidad de elección y espontaneidad, ya que todo tiene que ser como y cuando la Tora lo dice; incluso hasta en lo que respecta a las relaciones íntimas”

Por un lado hay que elucidar la cuestión de qué es realmente el judaísmo; buscando las definiciones en las fuentes genuinas, la Torá.

Leer el artículo completo

Judaísmo no es una religión

Si revisamos la definición de religión en cualquier diccionario dice “culto que se tributa a la divinidad”, connotando una suerte de pago que se realiza hacia Di´s. Sin embargo, en el judaísmo todas las mitzvot (mandamientos) que se realizan son para el beneficio del ser humano, no son ningún tributo a la divinidad. Los sabios místicos dicen en el Zohar (el nivel más profundo de interpretación de la Torá) “no son 613 mandamientos, más bien son 613 consejos para el bienestar del ser humano en este mundo y en el mundo venidero”

Judaísmo no se basa en la fe

No hay nada más ajeno al judaísmo que conceptos como “actos de fe”, “dogmas” y “axiomas”. Hay un dicho popular que versa “creer significa no saber”. Cuando alguien dice “yo creo en Di´s”, no hay certeza. El judaísmo no pretende que la persona acepte a priori sin ningún cuestionamiento la existencia de Di´s y que la Biblia es sagrada, y hay una cantidad de referencias que hacen alusión a esto. El Rambam, Maimónides, en su obra cumbre el “Mishne Torá”, empieza diciendo: “El fundamento de los fundamentos y la columna vertebral sobre la que se reposa el Judaísmo es el daat”(el daat es un verbo que se refiere al ejercicio racional como método del conocimiento). Por lo tanto el objetivo es saber que Di´s existe y nunca creer ciegamente. Entonces llamarlo “una cuestión de fe” al judaísmo es desmeritarlo, cuando lo que pretende es que el ser humano analice racionalmente la existencia de Di´s, así como las evidencias de tipo científicas del origen divino de la Torá, y de ningún modo que acepte al judaísmo como dogma.

Ahora vamos a ajustar nuestros lentes para introducirnos en otro punto crucial que funciona como disparador de prejuicios en profesionales que no poseen un conocimiento serio de Torá ni un entrenamiento adecuado.

Esto lo encontramos en los recovecos más íntimos de la subjetividad del psicólogo; es decir, en su sistema de valores y creencias personales. Estos factores entran en juego cuando el profesional al tomar contacto con un paciente observante se encuentra frente a una persona que posee una cosmovisión casi diametralmente opuesta a la propia. Esto naturalmente le dispara una serie de pensamientos y emociones ambivalentes.

Toda esta dinámica de consonancias y disonancias se multiplica cuando el profesional es judío, ya que se suma un elemento identificatorio importante que le resuena en su interior: “¿Acaso él es más judío que yo?” “Si él tiene razón en su modo de vida…¿ entonces yo estoy equivocado?”

Estos elementos se tornan muy obstaculizantes para el profesional, que si bien sabe a escala teórica que debe reconocer y trabajar estas emociones y pensamientos, en la práctica se torna sumamente ingobernable.

Además, al profesional nutrido de las diversas corrientes psicológicas que surgieron en occidente, en un mundo cada vez más globalizado, homogeneizado y uniformado en cuanto a valores, creencias y modos de vida, le resulta a veces imposible distinguir los parámetros de normalidad-anormalidad, salud-enfermedad implícitos en las teorías psicológicas.

Estas confusiones se deben en gran medida a que en los manuales psiquiátricos (D.S.M IV) utilizados como modelos para clasificar los trastornos mentales, se apoyan en valores que están determinados por un factor cuantitativo; esto quiere decir que lo común y mayormente aceptado para la época, se asocia directamente con lo “normal”. Para poner un ejemplo, el caso de la homosexualidad es muy ilustrativo; en ediciones anteriores de los manuales se la clasificaba como una disfunción sexual, pero cuando la población “estándar” (el consenso social) ya no la interpreta como algo negativo, entonces deja de figurar en las nuevas ediciones del manual como una perversión y pasa a ser una elección posible y sana.

Siguiendo esta línea, si un paciente observante se presenta con alguna de estas cuestiones dilemáticas, el terapeuta no entrenado considerará como valores y patrones “normales” los que son estándares corrientes en el momento presente y “anormales” o “inadaptados” los que se desvíen de esos parámetros. Por lo tanto naturalmente el tratamiento estaría direccionado por determinados valores actuales, muchas veces contrarios a la Torá. Lo que es necesario e interesante recalcar es que estas consideraciones realizadas por el terapeuta son efectuadas de un modo inadvertido, ya que le otorgan significado a la realidad de acuerdo a sus mapas mentales arraigados y cristalizados en su persona. De ahí surge la dificultad para no quedar encandilado por los propios prejuicios al vincularse con un paciente observante.

3- Prejuicios de los observantes hacia la psicología

Los prejuicios y estereotipos que suelen tener en la comunidad observante se dividen en dos grupos. El primero se caracteriza por descalificar tanto a la psicología como a los psicólogos y el segundo grupo considera que no es necesaria la psicología.

Primer grupo:

“Los psicólogos están en contra de la Torá”

“No mandamos gente a los psicólogos porque los hacen dejar de cumplir Torá”

“Freud era un pervertido y todas sus teorías son kofrut” (enemigas del judaísmo)

En primera instancia, se puede decir que todos estos prejuicios están sustentados por un desconocimiento o en un entendimiento distorsionado de las teorías psicológicas. Por eso para derribar estos falsos supuestos es necesario arrojar luz sobre algunos lineamientos generales de la psicología en general.

Más allá de definir cómo las distintas teorías psicológicas (Psicoanálisis, Cognitivismo, etc.) conciben al ser humano, y si a partir de ello entran en conflicto con la Torá, o no; vamos a eludir esa cuestión dejándola para un futuro análisis, y abordaremos directamente lo que ocurre en la práctica clínica.

Las técnicas de tratamiento psicológico son, como lo sugiere el nombre, herramientas de trabajo y por lo tanto no tienen la intención de transmitir o impartir valores morales. Los terapeutas tienen instrucciones precisas de no anteponer sus valores personales a los del paciente y de tomar como referencia los modos de vida y hábitos propios de la comunidad en la cual el paciente está inmerso. Por lo tanto, vemos que a priori no se presenta ningún conflicto entre la psicología y la Torá.

Los conflictos pueden presentarse cuando el terapeuta pierde la neutralidad (posiblemente por los motivos descriptos con anterioridad) y comienza a introducir valores personales en la terapia. Por ejemplo si un profesional atiende a un baal teshuvá (retorno a los valores tradicionales de la Torá) y éste le comenta que decidió no mantener relaciones íntimas hasta el matrimonio, el terapeuta no debería calificar esta costumbre como “extremista”, ni buscar las causas de este hábito en un supuesto “conflicto sexual no resuelto que lo condujo a una inhibición severa”, sino más bien debería acompañar a su paciente en su camino elegido. Pero lo importante de subrayar es que a pesar de escucharse casos como estos, no son un argumento suficiente como para sostener la incompatibilidad entre la psicología y la Torá, ya que se tratan de errores cometidos por los psicólogos y no por la psicología en sí misma.

Por eso es necesario siempre hacer esta distinción y no confundir a la psicología (como ciencia) y el proceder, a veces equivocado, de algunos psicólogos.

Una vez superados estos puntos que aparentaban presentar roces, podemos dar un paso más y acercarnos al segundo grupo de prejuicios.

Aquí se desestima a la psicología tildándola como innecesaria, por ejemplo:

“La mejor psicología es la Torá”

“Si uno sigue la Torá no debería necesitar un psicólogo”

“No tiene ataques de pánico, lo que tiene es poca emuná”

Para derribar estos prejuicios, es necesario adentrarnos en lo que dicen las autoridades actuales con respecto a cuándo de debe consultar a un profesional en psicología. Tal como lo explica el Dr. Rab. Twersky, una de las figuras más reconocidas sobre psicología y Torá, en su libro “Hagamos un hombre” (Ed. Yehuda, Bs.As. 1996) “El hecho de que la Torá exija que uno busque tratamiento competente para las enfermedades significa que aunque recemos a Di´s pidiendo ser sanados, no debemos descartar la ciencia de la curación común. La enfermedad psicológica no es una excepción y cuando existe una enfermedad emocional legítima que puede responder a un tratamiento adecuado, debe optarse por este último”.

4- Conclusión

Hemos expuesto los mitos, estereotipos y prejuicios que con mayor frecuencia se presentan de uno y otro lado; enunciamos la hipótesis de que éstos se originan en gran medida por falta de conocimiento o por modos inadecuados de comprender determinados aspectos claves de ambos campos. Luego tratamos de introducir la información necesaria para encontrar perspectivas alternativas que permitan superar los supuestos “conflictos”. Así pudimos dilucidar que no se trataban de “conflictos”, sino más bien de una profunda ignorancia nunca advertida por las partes.

*Licenciado en Psicología Universidad de Bs. As. Terapeuta del Centro Neshama y de Guemilut Jasadim

13.12.06

El valor de educar

BS’D
Publicamos un artículo escrito por Natalio Steiner, Co-director de la publicación Comunidades

"No creo que la amenaza a nuestro porvenir este en las bombas ni en los proyectiles dirigidos. No me parece que esta, nuestra civilización, morirá así. Opino que se extinguirá cuando a nosotros nada nos importe; cuando mueran en el hombre las fuerzas espirituales que le hacen acatar la razón y proceder con nobleza. 19 de 21 civilizaciones notables han muerto por causas internas y no por conquista exterior. No decayeron al son de trompetas y al ondear de banderas sino en el silencio y la oscuridad sin que nadie se de cuenta de ello". Esta magnifica cita corresponde a un artículo del educador británico Lawrence Gold, publicado en 1959 en la revista Selecciones.

Esta reflexión general bien podría llevarse al campo particular del pueblo judío.¿Bajo que sones se perderá la civilización judía? ¿Bajo que trompetas caerá un pueblo milenario?. La asimilación, la desjudaización, ese enemigo silencioso y al acecho del que nadie quiere hablar, es la amenaza global más grande a la condición judía.
En no pocas veces que he viajado al Interior a dar conferencias, algún orgulloso dirigente me empieza a hablar de su abuelo que era un prestigioso rabino. "No me hable de su abuelo", le digo, "hableme de su nieto". Los judíos tenemos la pasión de anclarnos en el pasado olvidando el futuro.

Leer el artículo completo


La Hagada de Pesaj nos habla de los famosos cuatro hijos, entre ellos el que no sabe que preguntar(sobre su tradición). En verdad hoy debiera hablarnos no de este hijo, ya que los hijos preguntan, sino de los padres que no saben lo que responder (sobre judaísmo). Es este un símbolo de la época: no conocer la identidad, licuarla, diluirla. Todo da lo mismo.

¿Serán judíos nuestros hijos y nietos?. Esta es la pregunta central que como judíos debemos resolver. 2.000 años de persecución quedaron atrás (aunque el antijudaísmo no desapareció) y ya no somos más judíos porque hay antisemitas que nos recuerdan nuestra identidad. Antisemitismo hay y habrá pero el problema es educativo. Como padres debemos preguntarnos:¿Para qué ser judíos?¿Por qué hay que estudiar para ser judío? y como docentes nos deberíamos preguntar ¿por qué nuestros jóvenes abrevan antes en culturas ajenas que en la propia? La festividad de Januca, palabra cuya raíz hebrea proviene de educación,es oportuna para pensar en esto. El ex gran rabino de Israel, el rabino Israel Meir Lau dijo una frase muy impactante hace ya varios años luego de visitar Argentina: "La generación anterior sabía rezar pero no lo hacía; hoy aunque quisieran, no sabrían". El mal llamado judaísmo laico le ha quitado al judaísmo su tradición y lo dejó desnudo de preceptos propios. Hoy pagamos las consecuencias.

Existen judíos en más de 150 países del mundo y el 90% de ellos viven concentrados en 22 países democráticos. El 50% en 10 grandes núcleos urbanos. Las únicas comunidades del mundo que crecen judaicamente son las de Canadá, España, México, Alemania e Israel. Las primeras cuatro por causas migratorias y la última por mayoría judía obvia. Es evidente que esta declinación judía debe combatirse con una educación judía desde las fuentes y que tenga como eje el hogar, la comunidad y el estado judío. El judaísmo es una forma de vida y el judío debe adaptarse a los desafíos pos-modernos sin cortar raíces. Un árbol con raíces fuertes resiste el temporal más violento. En este siglo signado por la globalización será judío sólo quien elija serlo y lo ejercite. Ya no alcanza con el sentimiento sino hay vivencia tradicional.

El secreto de la supervivencia judía han sido cuatro mil años de equilibrio entre tradición y cambio. No hay formula mejor. Es hora de implementarla.

Januca Sameaj; que el aceite de la continuidad judía continúe ardiendo.

23.11.06

Ranking

BS'D
Hacer teshuvá no es fácil para nadie. Ni para uno, ni para la gente que nos rodea. Nos ven que cambiamos, que estamos cambiando. En este proceso no faltan las opiniones. Las reacciones son variadas. Algunos intentan polemizar, otros nos quieren abrir los ojos. También están los que callan y los que nos aceptan en este nuevo camino. Los que nos aceptan e igual nos hacen preguntas. Este es un listado de las frases que más se escuchan cuando uno se acerca a estudiar Torá.
Votá, sugerí, discutí. Bienvenido al Ranking.

1- Te lavaron la cabeza
2- Se creen los dueños de la verdad
3- Si a vos te hace bien...
4- Los extremos nunca son buenos
5- ¿Y tus hijos van a poder elegir?
6- ¿Hasta dónde pensás llegar?
7- ¿Qué? ¿Ahora vas a usar peluca?
8- No necesito comer kasher para sentirme judío
9- Los religiosos tiran piedras.
10- No quiero vivir limitado

La gente los pidió y los sumamos al Ranking:

11- Se metió en una secta.
12- Pobrecito, es que tuvo un problema familiar y se tuvo que aferrar a la religión.
13- ...uyyyy,pobre los padres!
14- Pobrecito, no tiene personalidad, le pregunta qué hacer en todo a su Rab.
15- Cada uno con su verdad...

22.11.06

Recomendados

BS'D
En internet está circulando este video sobre los judíos y el judaísmo.
Durá 7 minutos aprox.

21.11.06

Multiple Choice: Relación de Pareja

BS’D

Tu mujer quiere empezar a cubrirse la cabeza, ¿qué hacés?
A- Le regalás una peluca para el cumpleaños.
B- Le decís: Bueno, bueno, bueno. ¿Cuál es el apuro?
C- Le decís: ¿Qué? Si cuando yo te conocí usabas las trencitas que te hiciste en Punta Cana.

Tu pareja te plantea comer queso kasher, ¿qué decís?
A- ¡Qué bueno! Vamos a poder elevar la kedushá de la casa.
B- ¿Y cómo hacemos si nos invitan a comer afuera?
C- ¿Qué tiene el queso?

Tu marido te dice que quiere estudiar más Torá, ¿qué decís?
A- ¡Baruj Hashem! Me tocó un Tzadik. Mientras otros se preocupan por la plata vos pensás en cómo crecer como persona.
B- ¿Más clases? Si así estamos bien.
C- ¿Por qué en lugar de estudiar más no pensás en ganar más plata?

Tu pareja te propone los domingos ir a un club de gente observante, ¿qué decís?
A- Qué bueno, empezar la semana en un ambiente de Torá.
B- ¿El domingo también tenemos que estar con religiosos? ¿Cuándo me vas a dar un respiro?
C- Vos andá al club. Yo me voy a la cancha.

Leer los resultados


Mayoría de respuestas A:
Con vos se aplica el versículo que dice: “Y serán un solo cuerpo”. Tu pareja y vos están en perfecta sintonía. Esperamos muy pronto poder asistir a sus charlas de Shalom Bait (armonía en el hogar).

Mayoría de respuestas B:
Cumplís Torá y Mitzvot pero no te sentís religioso. Te gusta el paso a paso pero para el siguiente, querés tomarte tu tiempo. Aprovechá la fuerza de tu pareja para seguir creciendo espiritualmente.

Mayoría de respuestas C:
Tu pareja está trayendo ideas nuevas. A no desesperar. Aunque lo parezca, que quiera incorporar Torá no quiere decir que te quiere complicar la vida. Ir a una clase de Torá te puede ayudar a entender qué es lo que le está pasando. Si tu pareja suma espititualidad, el primer beneficiado vas a ser vos.

16.11.06

Más allá del Guefilte Fish y la sopa de pollo

BS’D
Publicamos un testimonio hermoso, escrito por Anita Ehrlich*, donde explica por qué empezó a cuidar el Shabat.
El artículo es bastante extenso. Aconsejamos imprimirlo para poder leerlo más cómodo.
(Artículo extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar)

Shabat fue siempre una palabra que yo había asociado a la historia antigua. Bueno, no realmente a la historia antigua, pero muy ciertamente a la Europa de pre-guerra. Jamás había invertido mucho tiempo en pensar acerca del Shabat, pero si hubiera tenido que contarle a alguien acerca de éste, lo mejor que hubiera hecho sería describir una escena de una mujer matronal, algo corpulenta, con ojos relucientes y un largo pañuelo blanco de seda cubriendo su cabeza, de pie con las manos dando vueltas ante dos velas encendidas en ornamentados y pesados candelabros de plata y un coro cantando algo shmaltzy en el trasfondo. ¡Sí, es la escena sabática de El Violinista Sobre el Tejado!

Recuerdo claramente haberme conmovido mucho con esa escena. Algo se movió muy profundamente dentro de mí cuando esa corpulenta mujer había mascullado en hebreo y el coro cantaba las palabras: "Que el Señor te proteja y defienda". En mis ojos aparecieron lágrimas. Había sentido un calor interior --me sentí muy "judía"-- y ligeramente complacida a causa de mi reacción, pero... también había gritado realmente en la escena de despedida en Madam Butterfly. ¿Me hizo eso japonesa?

El concepto de "el Shabat" como un día de descanso era algo con lo que simplemente no podía relacionarme personalmente. No se ajustaba a mi estilo de vida. No estaba cansada. No necesitaba descansar. Toda la semana me dedicaba a mi trabajo, enseñando literatura y composición inglesa en una universidad local, y los fines de semana, especialmente el sábado, era cuando podía hacer todas las cosas que quería hacer: coser, ir de compras, cabalgar en el verano, esquiar en el invierno.

Leer el artículo completo


La razón de que yo había comenzado a pensar en el Shabat en principio se debía a que recientemente me había encontrado con una joven pareja de Lubavitchers, y tras conversar un poco con ellos me sugirieron que fuera a pasar un Shabat en su casa.
Asentí vagamente, preguntándome todo el tiempo a qué me estaban invitando. ¿Cuánto tiempo duraba Shabat? Me explicaron pacientemente que el Shabat judío comienza con la puesta del sol del viernes, se bendicen las velas, se hace kidush y luego viene el hamotzí. Yo no sabía realmente qué significaban estas palabras. Después de preguntas más incisivas de mi parte y las muy pacientes explicaciones suyas, decidí que sólo iría para la noche del viernes. Sonaba a diversión. Habría velas encendidas en la sala (cosa que yo siempre había considerado muy elegante), beberíamos un trago y luego pasaríamos a la cena. Podía arreglármelas con eso; estaba siendo invitada a una cena judía.

Pronto me enteré, sin embargo, que era una cena con una diferencia. El objetivo aquí no era que la anfitriona luciera sus habilidades culinarias en la creación de platos que sonaban esotéricos, ni para alardear con su casa, ni para ser admirada por la mezcla ecléctica e interesante de invitados. El foco de atención aquí era, más bien, la apreciación de cosas menos egoístas, de cosas mayores que uno mismo, una apreciación del Creador y el universo maravilloso que El había creado. Debo admitir, con toda honestidad, que nunca antes de ese momento pensé en las cosas de una manera tal.

Todos los rituales de esa noche estaban encaminados al fin de la gratitud. La bendición de las velas era para agradecer a Di-s por haber creado el Shabat y ordenado su observancia. El kidush era una bendición sobre una copa de vino (y no un aperitivo como originalmente había pensado) cuyo propósito era agradecer a Di-s por haber creado "el fruto de la viña" de modo que mediante ella otras cosas pudieran ser santificadas. Ciertamente yo me podía relacionar con el hecho de que el vino fuera bebido en ocasiones felices y servido para hacer a la gente todavía más feliz. El hamotzí era otra bendición recitada después de un ceremonioso lavado de manos y antes de degustar del pan.

Estos rituales fueron seguidos por el tipo de comida tradicional que me hizo sentir nostalgia de mi abuela. El pan que había estado cubierto por un paño intrincadamente bordado era una hogaza casera trenzada más deliciosa que cualquier cosa que probara alguna vez. Ninguna otra anfitriona se había molestado como para ir tan lejos y hornear su propio pan por entero. ¡Carne Wellington a la Niña Julia, sí! ¿Poulet en brochet? ¡No hay problema! Pero hornear el pan propio... nunca se le ocurrió a alguna de mis anfitrionas anteriores.

Además del menú, el progreso de la cena misma también fue diferente en que los platos eran intercalados con pequeñas charlas sobre diversos aspectos del judaísmo, especialmente la importancia de observar el Shabat, y cómo lo que hacíamos, e incluso lo que comíamos (los dos panes que conmemoraban el hecho de que cuando los judíos marchaban por el desierto sólo podían recoger el maná suficiente para un único día, y cualquier cosa adicional se estropeaba, pero el maná que juntaron el viernes milagrosamente bastaba también para el día siguiente) estaba relacionado con el momento en que Moshé recibió los Mandamientos, uno de los cuales era "recuerda al Shabat para santificarlo".

Debo confesar que encontré todo esto fascinante. Nunca me había dado cuenta de que observar el Shabat era uno de los Diez Mandamientos. No matarás, no robarás, esos conocía. Hasta conocía el de no codiciarás a la esposa de tu vecino (o algo por el estilo) pero nunca se me había ocurrido que el Shabat fuera tan trascendental como para ser uno de los diez más importantes principios sobre los que se basa toda la civilización.

Además de que la comida era deliciosa y abundante y de que hubiera un orden específico que regía el desarrollo de la cena, el ambiente de la velada fue delicioso de una manera que nunca conocí. Ya había estado en fiestas y brindis realizados para ocasiones específicas como la apertura de una galería o la presentación de un autor exitoso, y en esas oportunidades la mayoría de los invitados estaba sentada con bebidas en sus manos, sonriendo rígidamente unos a otros, con pequeñas conversaciones y clasificándose mutuamente. Estas fiestas generalmente no eran divertidas, pero era chic estar invitada, de modo que iba. Las cenas a las que había asistido anteriormente tenían todos los adornos de una atmósfera más relajada pues eran en la casa de alguien, pero también allí la gente estaba, en su mayor parte, en guardia social, tratando de impresionar a las persona junto a las cuales estaba sentada. Siempre era un enorme alivio irse.

Sí, fui a fiestas en las que la única meta era divertirse pero, a decir verdad, siempre sentí que cada uno estaba trabajando muy duro intentando demostrar que se estaba divirtiendo más que el otro tipo.
Mi cena de Shabat fue definitivamente diferente.

Cuando me puse a pensar, después, pude identificar la diferencia como una ausencia total de exigencias y tensiones. Nadie había tratado de impresionar a nadie, si buen algunas de las personas presentes podrían haberlo hecho cuando quisieran: había un Ph.D en medicina pública, un corredor de acciones (que, me enteré después, ganaba una cifra de seis dígitos), un analista de sistemas, apenas para mencionar a algunos. Estas personas estaban sentadas junto a estudiantes universitarios y de escuela secundaria de edades diversas.

Por lo que pude notar, estaban representados todos los niveles de observancia religiosa, desde aquellos que obviamente eran invitados frecuentes en el hogar de nuestros anfitriones y sabían qué era lo que estaban haciendo, llegando hasta mí, que lo observaba todo con ojos bien abiertos, tratando tanto como me fuera posible parecer indiferente y esperando no estar haciendo el papel de tonta. Nadie me hizo sentir incómoda. Por el contrario, todos fueron muy cálidos y receptivos.

Hacia el fin de la cena nuestro anfitrión comenzó a cantar una hermosa y contagiosa canción. Los invitados captaron pronto la melodía y las palabras, y repentinamente me vi arrastrada a aún otro aspecto de esta notable cena de Shabat: ¡un coro casero, espontaneo! Todas las canciones eran en hebreo y todas, de una manera u otra, estaban relacionadas con el Shabat. Estas zemirot, como descubrí que se llamaban, también fueron intercaladas con pequeñas historias y comentarios filosóficos que a veces llevaron a preguntas y respuestas. Cuando pareció crearse un claro en la conversación, alguno siempre iniciaba otra canción. Entonces se sirvió licor, se brindó "¡LeJáim!", y yo comenzaba a sentirme como una Alicia que había caído por un hoyo judío de conejos hacia un mundo mágico totalmente nuevo.

Justo comenzaba a sentir que la comida y las historias seguirían indefinidamente cuando se repartieron pequeños cuadernos para el Birkat HaMazón. La mayoría de la gente cantó las palabras hebreas de este cuadernillo al unísono con una hermosa melodía. Yo leí trozos del texto en inglés agradeciendo a Di-s por habernos dado el alimento que habíamos comido y por todas las demás numerosas bendiciones que El nos ha concedido.

A eso de la medianoche la gente se levantó para irse. Tomaron sus abrigos y desearon uno al otro Shabat Shalom. Sentí urgencia por regresar a la semana siguiente, la semana después, y la semana después de ésa, y mientras caminaba la cuadra y media hasta donde había estacionado mi automóvil, sentí que no quería irme a casa, no aún. Debo haber caminado alrededor de la manzana 3 o 4 veces simplemente pensando sobre todo lo que acababa de experimentar.

Mirando atrás, algo que me impresionó mucho era que esta gente, que me había invitado a su hogar (y por extensión los demás judíos observantes) eran muy conscientes de cada aspecto de sus vidas, los sucesos de su día, el alimento que comían, las ropas que vestían y hasta en gran medida sus pensamientos.

A primera vista esta suerte de conciencia comprensiva podría parecer muy rígida y embotadora, y estoy segura de que existían aquellos que dirían que todo esto era muy interesante, pero no para ellos. A ellos les diría que le dieran otra, larga, mirada honesta.

El hecho es que mucha gente --hasta me aventuraría a ir tan lejos como para decir que la mayoría-- vive sus vidas inconscientemente. Aquellos que intentan ser conscientes de las cosas y tratan de controlar la dirección de sus vidas lo hacen porque quieren mejorarse a sí mismos y a la calidad de sus vidas. Pero estas personas, entre las que me conté a mí misma, se esforzaban por el mejoramiento propio perfeccionando su golpe de tenis, su balanceo en el golf, su juego de naipes. Aquellos de mi círculo que habían evolucionado más allá de ese nivel, al grado de estar trabajando en desarrollar sus mentes, tomaban clases de arte oriental, el desarrollo de Urdu o los principios de la astrología. Yo misma había tratado de cubrir todas las bases trabajando muy duro sobre mi forma de esquiar y obtener un doctorado en estéticas del siglo XVIII.

No me malentiendan. No denigro de manera alguna mis muchos logros hasta ese momento (aunque sí deseo que alguien me hubiera dicho mucho antes que jamás llegaría a los juegos olímpicos). Sólo que después de un tiempo me golpeó como un relámpago que yo y mucha de la gente que conocía nos esforzábamos mucho, en un área u otra, para lograr pericia o excelencia académica en una habilidad, y a nadie le preocupaba en absoluto su crecimiento o desarrollo como ser humano. El corolario fascinante a todo esto es que, al mismo tiempo, muchas de estas mismas personas estaban en terapia. Sabían que precisaban alguna dirección, alguna orientación en sus vidas, y estaban pagando a alguien cualquier cosa entre $50 y $100 por hora para que les dejara hablar de cuán infelices se sentían. Forcejaban emocionalmente, lo que con frecuencia significa espiritualmente, aunque a los terapeutas no les guste usar ese término.

No estoy segura de que todo esto se hubiera filtrado realmente en mi conciencia en esa velada, pero sí sé que mis pensamientos regresaron a menudo a esa noche en el curso de las semanas siguientes.
Mi amigos de Lubavitch, en efecto, me llamaron para invitarme nuevamente, pero el próximo viernes por la noche iba a un concierto y el viernes siguiente a ése tenía planes de ver una película. Prometí volver al tercer viernes.
Fui recibida como una vieja amiga. Todos parecían tan contentos de verme como lo estaba yo de estar allí. Esta vez tenía más noción de lo que iba a pasar y qué esperar y, debo confesarlo, hacia el fin de esa velada sentí que de algún modo me gustaría que el Shabat fuera parte, una parte más regular, de mi vida. Me sentí un poco como regresando a casa, al lugar donde uno puede quitase los zapatos ajustados, recostarse, dar un suspiro de alivio y relajarse. Por supuesto, sabiendo tan poco salvo de que me gustaba esta celebración y esta gente, tenía que aprender qué hacer y por qué se hacía, pues entendía que cualquier cosa hecha sin comprensión no duraba mucho.

Y así fue.
Con cada clase que tomé y cada mesa festiva y de Shabat a la que me senté, sentí un nexo mayor, no solamente con estos nuevos amigos, sino, bastante curioso, con mis padres, mis abuelos, mi herencia judía como un todo, y me sentí orgullosa con el pensamiento de que algún día habría de forjar un eslabón entre ellos y futuras generaciones de judíos observantes, una cadena de la que tan cerca había estado de quebrar.

Pero aceptar los amplios conceptos filosóficos del judaísmo no era tan difícil como tratar de "observar el Shabat" a un nivel individual y personal. La primer cosa que decidí hacer era ir al "shul", la sinagoga, el Shabat por la mañana. Yo seguía siendo demasiado tímida u orgullosa como para aceptar invitaciones para pasar la noche, y había decidido tratar de evitar conducir mi automóvil en Shabat.
La siguiente cosa que traté de hacer para mi propio Shabat era encender las velas el viernes de tarde. Me encantaba el resplandor que esparcían por la sala y la manera en que me sentí cuando las encendí y recité la bendición. Sí, parecía un poco una versión moderna de la matrona de El Violinista Sobre el Tejado, esperando tener el derecho de decir, como lo hizo ella en la obra, "Que el Señor me proteja y me defienda... también a mí". Pero encender las velas en el momento apropiado, dieciocho minutos antes de la puesta del sol, me llevó un tiempo. Pedí al presidente de mi departamento que no me programara ninguna clase para muy avanzada la tarde del viernes, y eso ocasionó un poco de problemas.

Después de mantenerme firme, mi pedido fue aceptado. Así que ahora podía encender las velas en el tiempo correcto, pero eso no significaba que me quedara en casa después. Esa era la siguiente cosa que tenía que hacer, porque nunca pude disfrutar de un concierto el viernes por la noche después de eso. La imagen de las dos fulgurantes velas estaban constantemente en el ojo de mi mente. La primera vez que rechacé una cita un viernes por la noche, explicando que debía quedarme en casa para la observancia religiosa, ¡me sentí bárbara! Casi había quebrado realmente el hielo, sólo para tener segundos pensamientos cuando después de encender las velas me senté para cenar sola. No es que deba tener compañía en cada comida, pero esto no era lo que se suponía que el Shabat debía ser; extrañaba aquel sentimiento festivo. Hice lo mejor que pude, pero me sentí muy agradecida cuando sonó el teléfono.

De ahí en más, traté de hacer el Shabat un poco más festivo. No era algo a lo que renunciaría sin aplicar el viejo tesón universitario. Cociné algo especial el jueves por la noche y puse un mantel blanco y mis mejores platos en mi pequeña mesa de cocina. Pero, a decir verdad, mis esfuerzos sólo sirvieron para exacerbar esa sensación de "bien vestida y ningún lugar para ir". Estaba en un serio aprieto, porque cada vez más sencillamente me parecía errado e hipócrita encender la T.V., contestar el teléfono o sacar aguja e hilo. En cambio, tomaba una gorda novela, una cuya lectura había dejado de lado pues sabía que nunca tendría suficiente tiempo de paz como para meterme en ella realmente. Pues bien, ahora disponía del tiempo, una abundancia de tiempo -- toda una velada, de hecho, de modo que me sumergí en las páginas de una extensa saga familiar.

Mi mente, sin embargo, no se quedaba mucho tiempo acompañando las vicisitudes de la vida de esa familia en particular. Mis pensamientos seguían volviendo a mi vida y a lo que yo estaba haciendo con ella. Me surgieron muchas graves preguntas filosóficas, pero básicamente se reducían a: ¿Qué quería yo de la vida, y cómo debía proseguir para conseguirlo? Si formular meramente las preguntas llevaba horas, contestarlas llevó muchas semanas, porque era sólo en retrospección que yo podía ver qué había estado sucediendo todo el tiempo.

Quería, pienso, lo que casi todos los demás quieren de la vida: ser felices y hacer lo correcto. El gran problema surgió cuando pensé cómo lograr esta meta. Me era obvio que la mayoría de lo que había estado haciendo hasta casi poco tiempo había sido contraproducente. Antes de encontrarme con el judaísmo, yo era la primera en admitirlo, había estado viviendo mi vida superficialmente, confundiendo actividad con significado, forma con sustancia. Después de mi introducción al Shabat, sentí que había recibido un precioso regalo. Mi vida estaba nuevamente en mis propias manos en el sentido de que ahora era mi elección, más que la presión de compañeros, qué haría con ella. Había sido capaz de detener el perpetuo carrusel y revaluar las cosas. Era libre de escoger y orientar, y elegí el judaísmo. Definitivamente parecía haber un anhelo por todo eso que había visto y oído hasta entonces. ¿Por qué, entonces, estaba sola las noches del viernes y durante el sábado, en Shabat? La respuesta era que se trataba realmente de algo que yo había estado haciéndome a mí misma.

Cuando había sido totalmente no-observante, esos viernes por la noche en el hogar de mis amigos de Lubavitch habían sido tan interesantes, cálidos e invitadores. Una vez que sentí que realmente no debería conducir mi automóvil de aquí para allá, me había impuesto el aislamiento, porque no quería pasar la noche allí. Las razones eran muchas: no quería abusar de su hospitalidad; no quería aceptar todo de una vez; no sentía ganas de empacar una maleta; no estaba segura de que mis ropas eran las apropiadas; ellos verían que yo no sabía qué estaba haciendo, etc. Una legión de razones espurias, que exigieron un salto de fe para ser superadas. Luego, todo anduvo bien. Aún seguía sin ser fácil, pero al menos estaba en la senda correcta y no más forcejando.

Busqué a una de las mujeres de aproximadamente mi edad, a quien había visto en la casa de mis amigos en muchos de aquellos hermosos viernes por la noche, y comencé a hablar con ella, a contarle qué pensaba y sentía. Resultó que también ella había tenido miedos y experiencias similares. Nos reímos mucho de ello y nos volvimos amigas. Y ella me explicó muchas cosas: yo no me estaba abusando de nuestros anfitriones de Lubavitch; ellos me habían invitado. No tenía que aceptar todo de una vez -- esa era una carga demasiado pesada para cualquiera. Era más preferible que comenzara lentamente, para que lo que aprendiera pudiera ser plenamente comprendido, digerido y asimilado. Mis ropas, con leves modificaciones, estaban en orden, pero sí, tendría que empacar una maleta o al menos un bolso. Y nos reímos nuevamente.
Encontrar una amiga y darme cuenta de que el Shabat no exigía ser practicado en aislamiento fueron los dos pasos más importantes en el proceso de introducir significado a mi vida.

El judaísmo es una religión social. El ascetismo no es fomentado. Uno puede rezar solo, pero la plegaria colectiva es más eficaz. Y, finalmente, uno puede pasar el Shabat solo, pero no se acerca en nada a un hermoso y significativo Shabat compartido con otros, sea como invitada en el hogar de otros, como lo fui tan frecuentemente, hace muchos años, o teniendo invitados en la mesa propia, como tengo el privilegio de hacerlo ahora.

Tienes que saber cómo hacerlo y entonces hazlo bien para merecer el tipo de paz que viene con el Shabat. No fue fácil, pero para mí valió la pena.

* Anita Ehrlich es una escritora independiente sobre temas vinculados al judaísmo. Su objetivo principal es criar a sus cuatro niños.

13.11.06

¿Qué es lo que más disfrutás desde que te acercaste a la Torá?

BS'D
¿Qué es lo que hace que una persona deje de jugar al fútbol los sábados y elija quedarse en su casa?
¿Por qué alguien decide ir a la noche a escuchar una charla de Torá en lugar de quedarse calentito en su casa mirando la televisión?
¿Cómo puede ser que una persona elija dejar de comer lo que quiere para comer solo alimentos kasher?
Seguramente no hay solo una respuesta. Sino muchas.
Contanos que es lo que te motivo a cambiar y qué es lo que más disfrutás de todo lo que incorporaste desde que te acercaste a la Torá.