16.11.06

Más allá del Guefilte Fish y la sopa de pollo

BS’D
Publicamos un testimonio hermoso, escrito por Anita Ehrlich*, donde explica por qué empezó a cuidar el Shabat.
El artículo es bastante extenso. Aconsejamos imprimirlo para poder leerlo más cómodo.
(Artículo extraído de Jabad Magazine, www.jabad.org.ar)

Shabat fue siempre una palabra que yo había asociado a la historia antigua. Bueno, no realmente a la historia antigua, pero muy ciertamente a la Europa de pre-guerra. Jamás había invertido mucho tiempo en pensar acerca del Shabat, pero si hubiera tenido que contarle a alguien acerca de éste, lo mejor que hubiera hecho sería describir una escena de una mujer matronal, algo corpulenta, con ojos relucientes y un largo pañuelo blanco de seda cubriendo su cabeza, de pie con las manos dando vueltas ante dos velas encendidas en ornamentados y pesados candelabros de plata y un coro cantando algo shmaltzy en el trasfondo. ¡Sí, es la escena sabática de El Violinista Sobre el Tejado!

Recuerdo claramente haberme conmovido mucho con esa escena. Algo se movió muy profundamente dentro de mí cuando esa corpulenta mujer había mascullado en hebreo y el coro cantaba las palabras: "Que el Señor te proteja y defienda". En mis ojos aparecieron lágrimas. Había sentido un calor interior --me sentí muy "judía"-- y ligeramente complacida a causa de mi reacción, pero... también había gritado realmente en la escena de despedida en Madam Butterfly. ¿Me hizo eso japonesa?

El concepto de "el Shabat" como un día de descanso era algo con lo que simplemente no podía relacionarme personalmente. No se ajustaba a mi estilo de vida. No estaba cansada. No necesitaba descansar. Toda la semana me dedicaba a mi trabajo, enseñando literatura y composición inglesa en una universidad local, y los fines de semana, especialmente el sábado, era cuando podía hacer todas las cosas que quería hacer: coser, ir de compras, cabalgar en el verano, esquiar en el invierno.

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La razón de que yo había comenzado a pensar en el Shabat en principio se debía a que recientemente me había encontrado con una joven pareja de Lubavitchers, y tras conversar un poco con ellos me sugirieron que fuera a pasar un Shabat en su casa.
Asentí vagamente, preguntándome todo el tiempo a qué me estaban invitando. ¿Cuánto tiempo duraba Shabat? Me explicaron pacientemente que el Shabat judío comienza con la puesta del sol del viernes, se bendicen las velas, se hace kidush y luego viene el hamotzí. Yo no sabía realmente qué significaban estas palabras. Después de preguntas más incisivas de mi parte y las muy pacientes explicaciones suyas, decidí que sólo iría para la noche del viernes. Sonaba a diversión. Habría velas encendidas en la sala (cosa que yo siempre había considerado muy elegante), beberíamos un trago y luego pasaríamos a la cena. Podía arreglármelas con eso; estaba siendo invitada a una cena judía.

Pronto me enteré, sin embargo, que era una cena con una diferencia. El objetivo aquí no era que la anfitriona luciera sus habilidades culinarias en la creación de platos que sonaban esotéricos, ni para alardear con su casa, ni para ser admirada por la mezcla ecléctica e interesante de invitados. El foco de atención aquí era, más bien, la apreciación de cosas menos egoístas, de cosas mayores que uno mismo, una apreciación del Creador y el universo maravilloso que El había creado. Debo admitir, con toda honestidad, que nunca antes de ese momento pensé en las cosas de una manera tal.

Todos los rituales de esa noche estaban encaminados al fin de la gratitud. La bendición de las velas era para agradecer a Di-s por haber creado el Shabat y ordenado su observancia. El kidush era una bendición sobre una copa de vino (y no un aperitivo como originalmente había pensado) cuyo propósito era agradecer a Di-s por haber creado "el fruto de la viña" de modo que mediante ella otras cosas pudieran ser santificadas. Ciertamente yo me podía relacionar con el hecho de que el vino fuera bebido en ocasiones felices y servido para hacer a la gente todavía más feliz. El hamotzí era otra bendición recitada después de un ceremonioso lavado de manos y antes de degustar del pan.

Estos rituales fueron seguidos por el tipo de comida tradicional que me hizo sentir nostalgia de mi abuela. El pan que había estado cubierto por un paño intrincadamente bordado era una hogaza casera trenzada más deliciosa que cualquier cosa que probara alguna vez. Ninguna otra anfitriona se había molestado como para ir tan lejos y hornear su propio pan por entero. ¡Carne Wellington a la Niña Julia, sí! ¿Poulet en brochet? ¡No hay problema! Pero hornear el pan propio... nunca se le ocurrió a alguna de mis anfitrionas anteriores.

Además del menú, el progreso de la cena misma también fue diferente en que los platos eran intercalados con pequeñas charlas sobre diversos aspectos del judaísmo, especialmente la importancia de observar el Shabat, y cómo lo que hacíamos, e incluso lo que comíamos (los dos panes que conmemoraban el hecho de que cuando los judíos marchaban por el desierto sólo podían recoger el maná suficiente para un único día, y cualquier cosa adicional se estropeaba, pero el maná que juntaron el viernes milagrosamente bastaba también para el día siguiente) estaba relacionado con el momento en que Moshé recibió los Mandamientos, uno de los cuales era "recuerda al Shabat para santificarlo".

Debo confesar que encontré todo esto fascinante. Nunca me había dado cuenta de que observar el Shabat era uno de los Diez Mandamientos. No matarás, no robarás, esos conocía. Hasta conocía el de no codiciarás a la esposa de tu vecino (o algo por el estilo) pero nunca se me había ocurrido que el Shabat fuera tan trascendental como para ser uno de los diez más importantes principios sobre los que se basa toda la civilización.

Además de que la comida era deliciosa y abundante y de que hubiera un orden específico que regía el desarrollo de la cena, el ambiente de la velada fue delicioso de una manera que nunca conocí. Ya había estado en fiestas y brindis realizados para ocasiones específicas como la apertura de una galería o la presentación de un autor exitoso, y en esas oportunidades la mayoría de los invitados estaba sentada con bebidas en sus manos, sonriendo rígidamente unos a otros, con pequeñas conversaciones y clasificándose mutuamente. Estas fiestas generalmente no eran divertidas, pero era chic estar invitada, de modo que iba. Las cenas a las que había asistido anteriormente tenían todos los adornos de una atmósfera más relajada pues eran en la casa de alguien, pero también allí la gente estaba, en su mayor parte, en guardia social, tratando de impresionar a las persona junto a las cuales estaba sentada. Siempre era un enorme alivio irse.

Sí, fui a fiestas en las que la única meta era divertirse pero, a decir verdad, siempre sentí que cada uno estaba trabajando muy duro intentando demostrar que se estaba divirtiendo más que el otro tipo.
Mi cena de Shabat fue definitivamente diferente.

Cuando me puse a pensar, después, pude identificar la diferencia como una ausencia total de exigencias y tensiones. Nadie había tratado de impresionar a nadie, si buen algunas de las personas presentes podrían haberlo hecho cuando quisieran: había un Ph.D en medicina pública, un corredor de acciones (que, me enteré después, ganaba una cifra de seis dígitos), un analista de sistemas, apenas para mencionar a algunos. Estas personas estaban sentadas junto a estudiantes universitarios y de escuela secundaria de edades diversas.

Por lo que pude notar, estaban representados todos los niveles de observancia religiosa, desde aquellos que obviamente eran invitados frecuentes en el hogar de nuestros anfitriones y sabían qué era lo que estaban haciendo, llegando hasta mí, que lo observaba todo con ojos bien abiertos, tratando tanto como me fuera posible parecer indiferente y esperando no estar haciendo el papel de tonta. Nadie me hizo sentir incómoda. Por el contrario, todos fueron muy cálidos y receptivos.

Hacia el fin de la cena nuestro anfitrión comenzó a cantar una hermosa y contagiosa canción. Los invitados captaron pronto la melodía y las palabras, y repentinamente me vi arrastrada a aún otro aspecto de esta notable cena de Shabat: ¡un coro casero, espontaneo! Todas las canciones eran en hebreo y todas, de una manera u otra, estaban relacionadas con el Shabat. Estas zemirot, como descubrí que se llamaban, también fueron intercaladas con pequeñas historias y comentarios filosóficos que a veces llevaron a preguntas y respuestas. Cuando pareció crearse un claro en la conversación, alguno siempre iniciaba otra canción. Entonces se sirvió licor, se brindó "¡LeJáim!", y yo comenzaba a sentirme como una Alicia que había caído por un hoyo judío de conejos hacia un mundo mágico totalmente nuevo.

Justo comenzaba a sentir que la comida y las historias seguirían indefinidamente cuando se repartieron pequeños cuadernos para el Birkat HaMazón. La mayoría de la gente cantó las palabras hebreas de este cuadernillo al unísono con una hermosa melodía. Yo leí trozos del texto en inglés agradeciendo a Di-s por habernos dado el alimento que habíamos comido y por todas las demás numerosas bendiciones que El nos ha concedido.

A eso de la medianoche la gente se levantó para irse. Tomaron sus abrigos y desearon uno al otro Shabat Shalom. Sentí urgencia por regresar a la semana siguiente, la semana después, y la semana después de ésa, y mientras caminaba la cuadra y media hasta donde había estacionado mi automóvil, sentí que no quería irme a casa, no aún. Debo haber caminado alrededor de la manzana 3 o 4 veces simplemente pensando sobre todo lo que acababa de experimentar.

Mirando atrás, algo que me impresionó mucho era que esta gente, que me había invitado a su hogar (y por extensión los demás judíos observantes) eran muy conscientes de cada aspecto de sus vidas, los sucesos de su día, el alimento que comían, las ropas que vestían y hasta en gran medida sus pensamientos.

A primera vista esta suerte de conciencia comprensiva podría parecer muy rígida y embotadora, y estoy segura de que existían aquellos que dirían que todo esto era muy interesante, pero no para ellos. A ellos les diría que le dieran otra, larga, mirada honesta.

El hecho es que mucha gente --hasta me aventuraría a ir tan lejos como para decir que la mayoría-- vive sus vidas inconscientemente. Aquellos que intentan ser conscientes de las cosas y tratan de controlar la dirección de sus vidas lo hacen porque quieren mejorarse a sí mismos y a la calidad de sus vidas. Pero estas personas, entre las que me conté a mí misma, se esforzaban por el mejoramiento propio perfeccionando su golpe de tenis, su balanceo en el golf, su juego de naipes. Aquellos de mi círculo que habían evolucionado más allá de ese nivel, al grado de estar trabajando en desarrollar sus mentes, tomaban clases de arte oriental, el desarrollo de Urdu o los principios de la astrología. Yo misma había tratado de cubrir todas las bases trabajando muy duro sobre mi forma de esquiar y obtener un doctorado en estéticas del siglo XVIII.

No me malentiendan. No denigro de manera alguna mis muchos logros hasta ese momento (aunque sí deseo que alguien me hubiera dicho mucho antes que jamás llegaría a los juegos olímpicos). Sólo que después de un tiempo me golpeó como un relámpago que yo y mucha de la gente que conocía nos esforzábamos mucho, en un área u otra, para lograr pericia o excelencia académica en una habilidad, y a nadie le preocupaba en absoluto su crecimiento o desarrollo como ser humano. El corolario fascinante a todo esto es que, al mismo tiempo, muchas de estas mismas personas estaban en terapia. Sabían que precisaban alguna dirección, alguna orientación en sus vidas, y estaban pagando a alguien cualquier cosa entre $50 y $100 por hora para que les dejara hablar de cuán infelices se sentían. Forcejaban emocionalmente, lo que con frecuencia significa espiritualmente, aunque a los terapeutas no les guste usar ese término.

No estoy segura de que todo esto se hubiera filtrado realmente en mi conciencia en esa velada, pero sí sé que mis pensamientos regresaron a menudo a esa noche en el curso de las semanas siguientes.
Mi amigos de Lubavitch, en efecto, me llamaron para invitarme nuevamente, pero el próximo viernes por la noche iba a un concierto y el viernes siguiente a ése tenía planes de ver una película. Prometí volver al tercer viernes.
Fui recibida como una vieja amiga. Todos parecían tan contentos de verme como lo estaba yo de estar allí. Esta vez tenía más noción de lo que iba a pasar y qué esperar y, debo confesarlo, hacia el fin de esa velada sentí que de algún modo me gustaría que el Shabat fuera parte, una parte más regular, de mi vida. Me sentí un poco como regresando a casa, al lugar donde uno puede quitase los zapatos ajustados, recostarse, dar un suspiro de alivio y relajarse. Por supuesto, sabiendo tan poco salvo de que me gustaba esta celebración y esta gente, tenía que aprender qué hacer y por qué se hacía, pues entendía que cualquier cosa hecha sin comprensión no duraba mucho.

Y así fue.
Con cada clase que tomé y cada mesa festiva y de Shabat a la que me senté, sentí un nexo mayor, no solamente con estos nuevos amigos, sino, bastante curioso, con mis padres, mis abuelos, mi herencia judía como un todo, y me sentí orgullosa con el pensamiento de que algún día habría de forjar un eslabón entre ellos y futuras generaciones de judíos observantes, una cadena de la que tan cerca había estado de quebrar.

Pero aceptar los amplios conceptos filosóficos del judaísmo no era tan difícil como tratar de "observar el Shabat" a un nivel individual y personal. La primer cosa que decidí hacer era ir al "shul", la sinagoga, el Shabat por la mañana. Yo seguía siendo demasiado tímida u orgullosa como para aceptar invitaciones para pasar la noche, y había decidido tratar de evitar conducir mi automóvil en Shabat.
La siguiente cosa que traté de hacer para mi propio Shabat era encender las velas el viernes de tarde. Me encantaba el resplandor que esparcían por la sala y la manera en que me sentí cuando las encendí y recité la bendición. Sí, parecía un poco una versión moderna de la matrona de El Violinista Sobre el Tejado, esperando tener el derecho de decir, como lo hizo ella en la obra, "Que el Señor me proteja y me defienda... también a mí". Pero encender las velas en el momento apropiado, dieciocho minutos antes de la puesta del sol, me llevó un tiempo. Pedí al presidente de mi departamento que no me programara ninguna clase para muy avanzada la tarde del viernes, y eso ocasionó un poco de problemas.

Después de mantenerme firme, mi pedido fue aceptado. Así que ahora podía encender las velas en el tiempo correcto, pero eso no significaba que me quedara en casa después. Esa era la siguiente cosa que tenía que hacer, porque nunca pude disfrutar de un concierto el viernes por la noche después de eso. La imagen de las dos fulgurantes velas estaban constantemente en el ojo de mi mente. La primera vez que rechacé una cita un viernes por la noche, explicando que debía quedarme en casa para la observancia religiosa, ¡me sentí bárbara! Casi había quebrado realmente el hielo, sólo para tener segundos pensamientos cuando después de encender las velas me senté para cenar sola. No es que deba tener compañía en cada comida, pero esto no era lo que se suponía que el Shabat debía ser; extrañaba aquel sentimiento festivo. Hice lo mejor que pude, pero me sentí muy agradecida cuando sonó el teléfono.

De ahí en más, traté de hacer el Shabat un poco más festivo. No era algo a lo que renunciaría sin aplicar el viejo tesón universitario. Cociné algo especial el jueves por la noche y puse un mantel blanco y mis mejores platos en mi pequeña mesa de cocina. Pero, a decir verdad, mis esfuerzos sólo sirvieron para exacerbar esa sensación de "bien vestida y ningún lugar para ir". Estaba en un serio aprieto, porque cada vez más sencillamente me parecía errado e hipócrita encender la T.V., contestar el teléfono o sacar aguja e hilo. En cambio, tomaba una gorda novela, una cuya lectura había dejado de lado pues sabía que nunca tendría suficiente tiempo de paz como para meterme en ella realmente. Pues bien, ahora disponía del tiempo, una abundancia de tiempo -- toda una velada, de hecho, de modo que me sumergí en las páginas de una extensa saga familiar.

Mi mente, sin embargo, no se quedaba mucho tiempo acompañando las vicisitudes de la vida de esa familia en particular. Mis pensamientos seguían volviendo a mi vida y a lo que yo estaba haciendo con ella. Me surgieron muchas graves preguntas filosóficas, pero básicamente se reducían a: ¿Qué quería yo de la vida, y cómo debía proseguir para conseguirlo? Si formular meramente las preguntas llevaba horas, contestarlas llevó muchas semanas, porque era sólo en retrospección que yo podía ver qué había estado sucediendo todo el tiempo.

Quería, pienso, lo que casi todos los demás quieren de la vida: ser felices y hacer lo correcto. El gran problema surgió cuando pensé cómo lograr esta meta. Me era obvio que la mayoría de lo que había estado haciendo hasta casi poco tiempo había sido contraproducente. Antes de encontrarme con el judaísmo, yo era la primera en admitirlo, había estado viviendo mi vida superficialmente, confundiendo actividad con significado, forma con sustancia. Después de mi introducción al Shabat, sentí que había recibido un precioso regalo. Mi vida estaba nuevamente en mis propias manos en el sentido de que ahora era mi elección, más que la presión de compañeros, qué haría con ella. Había sido capaz de detener el perpetuo carrusel y revaluar las cosas. Era libre de escoger y orientar, y elegí el judaísmo. Definitivamente parecía haber un anhelo por todo eso que había visto y oído hasta entonces. ¿Por qué, entonces, estaba sola las noches del viernes y durante el sábado, en Shabat? La respuesta era que se trataba realmente de algo que yo había estado haciéndome a mí misma.

Cuando había sido totalmente no-observante, esos viernes por la noche en el hogar de mis amigos de Lubavitch habían sido tan interesantes, cálidos e invitadores. Una vez que sentí que realmente no debería conducir mi automóvil de aquí para allá, me había impuesto el aislamiento, porque no quería pasar la noche allí. Las razones eran muchas: no quería abusar de su hospitalidad; no quería aceptar todo de una vez; no sentía ganas de empacar una maleta; no estaba segura de que mis ropas eran las apropiadas; ellos verían que yo no sabía qué estaba haciendo, etc. Una legión de razones espurias, que exigieron un salto de fe para ser superadas. Luego, todo anduvo bien. Aún seguía sin ser fácil, pero al menos estaba en la senda correcta y no más forcejando.

Busqué a una de las mujeres de aproximadamente mi edad, a quien había visto en la casa de mis amigos en muchos de aquellos hermosos viernes por la noche, y comencé a hablar con ella, a contarle qué pensaba y sentía. Resultó que también ella había tenido miedos y experiencias similares. Nos reímos mucho de ello y nos volvimos amigas. Y ella me explicó muchas cosas: yo no me estaba abusando de nuestros anfitriones de Lubavitch; ellos me habían invitado. No tenía que aceptar todo de una vez -- esa era una carga demasiado pesada para cualquiera. Era más preferible que comenzara lentamente, para que lo que aprendiera pudiera ser plenamente comprendido, digerido y asimilado. Mis ropas, con leves modificaciones, estaban en orden, pero sí, tendría que empacar una maleta o al menos un bolso. Y nos reímos nuevamente.
Encontrar una amiga y darme cuenta de que el Shabat no exigía ser practicado en aislamiento fueron los dos pasos más importantes en el proceso de introducir significado a mi vida.

El judaísmo es una religión social. El ascetismo no es fomentado. Uno puede rezar solo, pero la plegaria colectiva es más eficaz. Y, finalmente, uno puede pasar el Shabat solo, pero no se acerca en nada a un hermoso y significativo Shabat compartido con otros, sea como invitada en el hogar de otros, como lo fui tan frecuentemente, hace muchos años, o teniendo invitados en la mesa propia, como tengo el privilegio de hacerlo ahora.

Tienes que saber cómo hacerlo y entonces hazlo bien para merecer el tipo de paz que viene con el Shabat. No fue fácil, pero para mí valió la pena.

* Anita Ehrlich es una escritora independiente sobre temas vinculados al judaísmo. Su objetivo principal es criar a sus cuatro niños.

1 comentario:

Dario K dijo...

Finalmente voy a sentir que abuso de la sección "comentarios", pero no puedo evitar hacerlo en este caso porque me siento sumamente identificado con este proceso que cuenta Anita. Que más allá de tener un nivel de redacción cálido, y atrapante, como si uno estuviese pensando en voz alta lo que finalmente Anita plasma en el blog, nos hace sentir mimetizados (al menos a mi) con situaciones, recuerdos, y esa paz, ese equilibrio indescriptible que te brinda cada shabat.
Esa necesidad, ansiedad, y finalmente felicidad, de volver a ser invitado a alguna casa, para pasar al menos la noche de shabat, es clarisima.
También lo es, como fui leyendo en otras publicaciones, muchisimas otras "cositas" que vas incorporando, a las que adherís gradualmente, y lo mejor es que lo disfrutás.
Tengo la suerte de tener un Rab. al que aprecio mucho, y perdón por ser chupamedias, pero es ese Sr., Ariel Groisman, con quién muchas veces charlando, y también estudiando, coincido en que todo esto es finalmente volver a las raices de uno. A esas raices originales, puras, y muy mágicas.
A esas raices que cargan con un sentimiento, un "no se que" indescriptible, que tiene el peso y la fuerza de miles de años, de muchas generaciones.
Anita, desde los Kishkes... gracias.