11.1.08

Hija de Hollywood

El otro día le pregunté a mi marido si le parecía mal que cuente aquí cosas de mi pasado ya que después de todo, este es un blog que refleja “una mirada desde el judaísmo ortodoxo” y la que yo fui, no lo era. Con su humor habitual me contestó que mejor que cuente del pasado y no del presente, y mientras se alejaba por el pasillo agregó: “Además se lo merece, después de todo, fue ella la que hizo teshuvá”. Así que aquí voy.

La misma que después descubrió el camino de la Torá y se atrevió a vivirlo, primero fue cinéfila, una fanática absoluta de la pantalla gigante, por lo que gran parte de su formación se la debe al cine.


He visto películas clásicas, comerciales y de culto. He ido a cinematecas de barrio y a supercines con butacas reclinables. Sola o acompañada, el ritual del cine era mi preferido. Quizá hasta cuente con algún record, posiblemente el de haber sido la única habitante del planeta que resistió las seis horas de la película “Sleep” de Andy Warhol, en donde lo único que se ve es a un hombre durmiendo.

Hoy podría enumerar unas cien razones por las cuales el cine me parece un medio dañino del que conviene desconfiar, sin embargo, no puedo negar la influencia que ha tenido en mí. Cada vez que las luces se apagaban, se encendía una luz para mi vida. Jamás salí de un cine sin haber aprendido algo, siempre descifraba un mensaje. Por lo tanto, he tomado muchas decisiones mientras comía maní con chocolate. Algunas fueron sólo temporarias, como la de estudiar karate luego de ver “el karate kid”, otras todavía son perdurables, como la resolución de no hacerme ninguna cirugía estética, luego de ver “Brazil”. Hubo decisiones olvidables, otras bochornosas y una en especial, que no me parecía posible.

En aquella película la protagonista llegaba a un hotel en el medio de una ruta desértica, se instalaba por un tiempo y transformaba la vida de todos los que la rodeaban. Recuerdo estar sentada en el cine pensando “yo quiero eso”, “yo quiero ser así”, y al salir del cine enfrentarme a la realidad de que no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Muchos años después, descubrí parte de la respuesta en el libro “The editor´s view” del rabbi Lipschutz donde cuenta que su abuelo tuvo el mérito de estudiar en la Ieshivá del Jafetz Jaim, y que cuando dejó la ciudad de Radin para ir a estudiar a Kelm, el Jafetz Jaim lo despidió diciéndole: “Vé y habla con judíos”.

Primero le dijo: “vé”. No te quedes sentado esperando la oportunidad de convertirte en una gran persona, así no es como sucede, hay que ir hacia allí. Y después dijo: “habla con judíos”, no dijo “habla de judíos”, no dijo “háblale a judíos”. Involúcrate con la gente, acepta el compromiso de que puedes hacer una diferencia y dejar tu huella.

Cada uno fue puesto en esta tierra para cumplir con su misión única y al hacerlo transformar el entorno. Hay algo que tenemos que darle al mundo, pero para eso debemos dejar la butaca y convertirnos en protagonistas.

En el blog de Morashá, encontramos esta nota linkeada del excelente blog "El sabor del Rimón".

1 comentario:

Judi dijo...

¡Gracias Leandro y Matitiau!
Harán que los cinco minutos de fama sean diez...